Seminario de Otoño y Primavera 2003 - ARS Buenos Aires  
  Tema: Forma y Proyecto  
   
 

Resumen de la exposición de Eduardo Maestripieri

 
  Notas sobre la transformación de la forma en el proyecto.  
     
 

Mi agradecimiento a Roberto Doberti, Homero Pellicer y a todos los miembros del SEMA por su invitación a este encuentro, un agradecimiento especial a Cesar Pereyra por su paciente espera e impulsar esta apretada síntesis.

Desde que asistí hace ya algunos años a un encuentro del IFMA International Forum Man & Architecture celebrado en Dornach, Suiza, quedé profundamente impresionado por las relaciones entre la Teoría de la Naturaleza de Goethe y ciertos desarrollos de lo que genéricamente se llama arquitectura orgánica. En un Taller conducido por el escultor Christian Hitsch, participamos de una serie de experiencias que nos vincularon con las Teorías de Goethe sobre la metamórfosis de las plantas y los animales. Tiempo después retomé varias veces estas observaciones tratándolas de vincular con la práctica y la teoría del proyecto. Otra vez dos escultores, Eduardo Chillida y Andy Goldsworthy, desde la celebración de lo permanente el primero, y desde el trabajo con lo efímero el segundo me hicieron retomar algunas cuestiones en relación a la acción y transformación de la arquitectura en el paisaje. Ciertos proyectos, que presentaré en este seminario me permitieron una nueva aproximación a la relación entre arquitectura y paisaje o arquitecturas y paisajes en transformación. Desde estas experiencias, propias y ajenas es que quisiera presentar de manera preliminar a modo de "Notas" casi biográficas, (la arquitectura encierra casi siempre cierta dimensión biográfica) estas reflexiones en la apertura de los Seminario del SEMA que tratará sobre "La forma en el proyecto".

En el camino a la forma, la arquitectura ha encontrado en las analogías orgánicas o mecánicas explicaciones urgentes o provisorias que den sentido a su obrar. Sin embargo, la arquitectura no es un arte representativo, no imita las formas de los espacios naturales o las máquinas. En el camino hacia la forma, el proyecto encuentra lógicas o procedimientos, que como complejas transformaciones semejantes al mundo de la naturaleza, le confieren coherencia y sentido a la obra de arquitectura.

En una carta a Herder, Goethe le comunica su gran descubrimiento: "…debo decirte en confianza que estoy muy cerca del secreto de la generación y organización de las plantas, y que es de lo más simple que se puede imaginar. He encontrado clara e indudablemente el punto esencial donde reside el germen. Todo el resto lo veo ya en conjunto, y sólo algunos puntos tienen que ser mejor determinados. La Urpflanze será el ser más maravilloso del mundo, que la Naturaleza misma habrá de envidiarme. Con semejante modelo y la clave correspondiente pueden idearse luego plantas hasta el infinito, plantas que deben ser consecuentes; es decir, que aunque no existan podrían existir, y no solo sombras de poeta o pintor, sino que poseen una verdad íntima y necesaria. La misma ley se podrá aplicar también a todo lo que tiene vida."

Esta idea de una Urpflanze no abandonó nunca más a Goethe y fue la base de su nueva metodología científica, a la cual dio el nombre de morfología. Buscar un principio invariante entre una familia de fenómenos diversos, tratando de aprehender la unidad dentro de la diversidad: ése es el método de Goethe. No le interesa la sucesión causal superficial sino la derivación a partir del principio que reina en el interior mismo del fenómeno:

"Todas las formas son análogas,y ninguna se asemeja a la otra así indica el coro de una ley oculta, un sagrado enigma"

Para Goethe remontarse a lo que él llama el prototipo supone no sólo encontrar todas las formas existentes sino también poder deducir otras perfectamente posibles. La necesidad de postular la existencia del arquetipo no le permite eludir la observación de las formas derivadas porque existe entre ambas una necesaria solidaridad, que Goethe explica desde el concepto de transformación o metamofósis: "Cuando algo ha adquirido una forma se metamorfosea en una nueva." De todas maneras, las formas de la arquitectura nunca han sido orgánicas, y por los materiales y los sistemas mismos de construcción participa más bien del mundo de lo inorgánico, y dentro de éste de los complejos procesos de la cristalización. Si embargo, en los procesos internos del fenómeno de la creación de la forma arquitectónica, parecieran reverberar los ecos de la metamórfosis de Goethe. Hemos señalado que en un sentido profundo la naturaleza está presente como analogía con la arquitectura. La caverna o el bosque han sido formas recurrentes en la explicación de lo arquitectónico, sin embargo en un sentido más inmediato no parecen darnos la necesaria nitidez, contagiados en parte por formas y expresiones maquínicas. El mundo de la cristalización mineral es dentro de la naturaleza lo que más inmediatamente se refiere a las formas que llamaremos propias del espíritu del hombre. Queremos ante todo contraponer a las formas que aparecen en la naturaleza, otras que surgen de la posibilidad del hombre de interpretar leyes abstractas que producen estas nuevas formas, ligadas fundamentalmente a las matemáticas a través de la geometría.

Dentro de lo hemos dado en llamar las formas del espíritu distinguimos las que específicamente provienen de la geometría, figuras y cuerpos geométricos, particularmente regulares, que responden a leyes inmutables y que pertenecen a lo que se ha dado en llamar formas puras o sólidos platónicos, es decir derivadas de relaciones matemáticas perfectas, y otras que surgen del intento de aplicar leyes a ciertas formas que nos revelan cualidades físicas de la materia. Las primeras son las viniendo de la tradición Pitagórica y platónica fueron reinstaladas en la disciplina por Pacioli, Fibonacci o Leonardo entre otros. La segunda categoría de formas podemos vincularla con la física aplicada a lo constructivo. Sería aquellas formas como la catenaria que abandonan la simplicidad matemática del círculo o la parábola para retomar desde un orden empírico realidades de la naturaleza. Las formas arquetípicas, que Goethe buscaba en la naturaleza, inicialmente puras y que responden a leyes precisas, comienzan a transformarse, deformarse o metamorfosearse en otras formas en cuanto así lo requiere el "descenso" al mundo físico. Al acercarse a las cosas las humanizan y a su vez éstas atenúan con sus formas el mundo inorgánico de la geometría.

En el camino a la arquitectura, las formas arquetípicas se concretan, adquieren constructividad y materialidad, celebran lo efímero o convocan lo permanente.